sábado, 27 de julio de 2013

Capsulas de la Felicidad


El Boticario de la Quinta Casa atendía como un buen hombre a todo el pueblo de la Montaña Verde. Era famoso por toda la región pues tenía fama de sanar cualquier dolencia con cualquiera de sus remedios caseros; había jarabes para la tos, ungüentos para las caídas, colirios para los ojos y unas tabletas para aliviar el dolor.

No había habitante en aquel pueblo de la Montaña Verde que no acudiera por un alivio a algún mal del cuerpo… ¡Pero alto! Él tenía otra gracia que nadie más sabía cómo ninguno más que él; también sabía reparar el Alma…

Doña Chayito su cliente más frecuente llegaba por sus dolores fuertes en la espalda y el cansancio que le embargaba casi las 7 décadas de vida que llevaba, el Boticario de la Quinta Casa sabía que no había mejor remedio que un ungüento de avellanas con hojas de abedul.

¿Señor Boticario y para esta pesada carga de 70 años? Preguntaba Doña Chayito.

Un buen paseo por los campos, vístase de flores de jacaranda y permítase perdonar los errores de sus años, que el error de nosotros es cuestionarnos demasiado…

Doña Chayito salió del pequeño local y con un guiño de una anciana picara se despidió de este hombre de una sonrisa serena.

Eran las 3 de la tarde y el sol se ponía en el horizonte, no hubo mucho trabajo hasta ahora en este lluvioso día, solamente un hombre con una cortada profunda en la mano que le impedía escribir una carta a su hijo que partía a la guerra y para colmo de males era la última noche que se quedaba en casa, pero la limpieza de la herida con un antiséptico de lavanda y lágrimas de despedida desaparecerían aquel dolor para estar ese último día con su único hijo que de pronto se iría.

¡No se vaya! -dijo el Boticario- Tengo algo más que decirle, usted mi consejo no me lo ha pedido pero necesito dárselo antes que cometa un error como el mío…

Rodaron por el aparador de madera y vidrio una gotas salinas que ardían pues venían de lo más profundo del corazón.

Cuando se vaya dígale lo mucho que lo ama no vaya a ser que sea la última vez que lo vea, yo fui padre también una vez y mi suerte es parecida a la suya; únicamente que el día de nuestra despedida me hice una herida en el pecho.

Se abrió la camisa y mostró el Boticario su cicatriz de muchos años… Sabe una cosa señor el mejor regalo que puede haber dado a su hijo es un pedazo de su corazón.

El padre del joven entonces solicito el servicio de “Relicario del Corazón” y el Boticario de Montaña Verde guardo el pedazo del padre en un dije de plata para conservar el mejor regalo de todos: su Corazón.

Se acercaba la hora de cerrar y llego también una pequeña Niña que tenía fiebre de 39°, su madre preocupada acudió de inmediato no sabía que era pues la Niña la mañana había estado sonriente y no hace más de 1 hora se desmayó de forma extraña.

No puedo olvidar –dijo el Boticario- que en su carita veía un corazón solitario y triste, pero puedo regalarle un poco de mi felicidad…

La madre extrañada le pregunto al Boticario: Señor Boticario que tiene mi hija que está enfermando.

No es nada señora que no se pueda arreglar con una de las mayores medicinas que se nos ha dado para sanar.

Busco en las gavetas, en el mostrador de la esquina y en los aparadores de las vitrinas hasta que recordó que el frasco blanco con la misterioso medicina estaba en la bolsa de su blanca gabardina.

Destapó el frasco blanco y solo quedaban 4 capsulas que cada una tenían una composición más que misteriosa, saco una capsula y se la dio a la niña junto a un vaso de chocolate caliente y recién preparado…

Espera un momento Niña -dijo el Boticario- no tomes la capsula destápala y descubre lo que guarda en su interior…

Entonces ella destapo la capsula y salió una especie de rollo con una banda roja que guardaba un mensaje dentro de su envoltura, lo abrió y vio una imagen hermosa con unas palabras que la volvieron de nuevo a su estado preciosa…

De pronto la Niña sonriente como antes apareció de un salto y el boticario entonces por satisfecho dio su deber terminado.

Y entonces la madre de la Niña sorprendida pregunto: ¿Señor Boticario que es lo que le ha dado?

Con una sonrisa cómplice de una travesura de niño le respondió: Felicidad, era una Capsula de la Felicidad…

Ya era de noche y cerro el local donde cada día obraba prodigios el Señor Boticario, de pronto ajusto el reloj de cuerda de su muñeca derecha, vio la hora y miró a las estrellas. Salió caminando en dirección a su morada, cuando de pronto revisa en el bolsillo de su bata un dije de Plata. Y como punta de flecha en el pecho se le clava el recuerdo del pedazo de Corazón que su hijo le entregó de su pecho…

Saco el frasco blanco y recordó entonces que al final de las noches el Señor Boticario debe tomar siempre una Capsula de la Felicidad antes de ir a soñar...
 
 
P. D.: Aun me quedan unas cuantas Capsulas de la Felicidad :)

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